Escrito 4 – Diaria coincidencia

Son las ocho de la mañana y entro en la cafetería de la esquina del barrio para tomar el desayuno de rigor en un día laboral, ese que me ayuda a cargar pilas sin hacer que surja la tentación de dar media vuelta, regresar a casa y lanzarme de cabeza a la cama.

Café con leche y un pequeño bollito de pan con semillas en la misma mesa de cada día, junto a un enorme ventanal que deja pasar la luz, reflejándose sobre el periódico que preside la mesa. Parece que tiene la intención de arrojar luz a los asuntos que contiene, pero hay temas que aunque se vean sometidos al fogonazo de un interrogatorio de primer grado, no tienen explicación.

El diario me acompaña hasta que la puerta se abre y entra a toda velocidad un señor de mediana estatura, pelo canoso, barba de un par de días y mirada perdida, parece que el tiempo no ha pasado por él, está exactamente igual que la última vez que lo vi. Me mira pero no me ve, pide un cortado y se sienta en un taburete de madera. Se gira para buscar el periódico y es entonces cuando además de mirarme me ve, parece que la cosa va más allá y me reconoce, le delata su arqueada ceja derecha y una tímida sonrisa.

– Susana, mi alumna más aplicada ¡Cuánto tiempo! ¡Qué alegría verte!Los sombrero de Don Julián

– Hola Don Julián ¿Qué tal se encuentra?

– Pues muy bien, como siempre… ¿Y tú qué tal estás? ¿Continúas en el taller?

Don Julián me enseñó todo lo que sé de mi profesión, desde tomar medidas, a hacer el patronaje, darle vida al fieltro y especialmente me supo transmitir su habilidad, paciencia y exquisito saber hacer con las plumas. Nadie como él para cargar de personalidad y buen gusto todo lo que fuese a parar a la cabeza de aquellas remilgadas nuevas ricas.   Sombreros, pamelas y tocados, no había nada que se le resistiera, simplemente porque él era un artesano con alma de artista.

De repente me dio la sensación que Don Julián podía bucear en mis recuerdos, en aquellos que ahora estaban en la superficie a punto de salir andando por mi boca y me apresuré en volver y contestar con un: sí claro Don Julián, claro que sigo en el taller.

Toda una vida trabajando para que los demás lucieran preciosas cabezas amuebladas para que ahora la suya pareciera en desahucio. Me miró y desde su mundo inundado de enormes plumas blancas, atinó a respirar profundamente y decirme:

– Siento miedo de la enormidad, donde nadie me oye ¿Sabes a lo que me refiero?

Claro que sé lo que me quiere decir pienso, sé perfectamente a lo que se refiere pero no me apetece enredarme en conversaciones íntimas, hace tanto que no nos vemos… Así que contesto con un esquivo: sí,me lo puedo imaginar…

Miro el reloj, son las ocho y media, hora de salir corriendo hacia el taller, los encargos se acumulan y no está la cosa como para demorarse en la entrega de los pedidos. Me giro para despedirme de Don Julián, pero él ya no está, se encuentra sentado en el taburete de madera, viajando en su ausencia y no me queda más que susurrar: tu taller, tus clientas y tus plumas me esperan, hasta mañana papá.

Escrito 1 – La sin hueso

Escrito 2 – ¿Sepelio o casamiento?

Escrito 3 – Eres un 8

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